jueves, 7 de febrero de 2008

La magia de los cuentos

Esta mañana escribo un poco más tarde y es que hasta hace unos minutos no he tenido internet (la tecnología falla a veces, o muchas veces...). Pero, volviendo al mundo terrenal, hoy estoy muy contenta (aunque un poco nerviosa) porque dentro de un rato voy a ir al colegio, a contarles cuentos a los más pequeños. Se trata de una técnica japonesa que se llama kamishibai y que, por experiencia, sé que gusta mucho. Y lo mejor, cuando ves esas caritas ensimismadas, con la boca abierta o regalándote mohines de complicidad es como si el tiempo se parase y, a veces, no sabes muy bien quién está más metido en esas historias mágicas (los cuentos), si tú o los pequeños.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Las preguntas del examen

Esta mañana, bien temprano, me ha llamado una amiga para decirme que ayer por la tarde estuvo acordándose de mí. Les cuento el motivo: su hija, que tiene 16 años, se presentó en casa con las preguntas de un examen que hará próximamente y que toda la clase ya tenía en su poder por un despiste del profesor, que las dejó en su mesa mientras se ausentó unos minutos del aula. Esta amiga me recordaba que hace ya muchos años nosotros hicimos lo mismo sólo que en nuestro caso fui yo la que "distribuyó" las preguntas entre todos mis compañeros (no piensen mal, es que era yo la que estaba en primera fila, junto a la mesa del profe). Nos hemos reído con aquella anécdota que ahora se ha repetido en su propia hija y me ha gustado mucho recordarla. ¡Ah!, se me olvidaba decir que los tiempos han cambiado y su hija ya no ha tenido que copiar las preguntas a mano porque hicieron fotos al examen con los teléfonos móviles. Qué maravilla la tecnología...

martes, 5 de febrero de 2008

Libros que nos mantienen vivos

Hace unos días Valle escribió un comentario en este blog sobre una noticia que había oído en la tele sobre la vida de un carnicero que prestaba libros en su carnicería. Este señor perdió a su hijo en un accidente y ahora los libros del fallecido son los que mantienen vivo a su padre hasta el punto de crear una especie de biblioteca pública en su puesto del mercado. Cuando leí este comentario me saltó la chispa y me propuse conseguir hablar con este hombre para hacerle una entrevista para la revista Mi Biblioteca. Por fin anoche pude hablar con su mujer que casi se emocionó cuando le dije el motivo de mi llamada. Su marido no estaba en ese momento pero hemos quedado en que esta tarde les vuelvo a llamar para concretar el tema. La señora estaba entusiasmada dándome mil veces las gracias por haberme "acordado" de su caso. Estoy deseando que llegue esta tarde para hablar con su marido y darle, lo primero, las gracias a ellos.

lunes, 4 de febrero de 2008

Una llamada por teléfono

Un sábado de cada mes voy a Sevilla y siempre aprovecho para meterme en la Casa del Libro para hojear las novedades. También compro algunos libros con el presupuesto que tengo para la biblioteca. El sábado pasado compré dos novelas que me pedían mis usuarios y que ya he registrado, sellado, catalogado, clasificado... Y ahora estoy deseando que llegue una hora prudente para llamar a esos usuarios por teléfono y decirles que ya tengo aquí los libros que me solicitaban. Siempre que hago esto noto cómo les doy una alegría a estas personas pero, a veces, no sé a quién le hace más ilusión, si a ellos porque les llamo o a mí por darles una buena noticia los lunes por la mañana.

domingo, 3 de febrero de 2008

Mi cuchara de 75 pesetas

Hoy, aunque es domingo, me he levantado más temprano de lo normal. Lo primero que he hecho, como siempre, es poner la radio para escuchar el programa de Pepa Fernández, que estaba haciendo una entrevista sobre los robos en los centros comerciales. Me ha venido a la cabeza la historia de uno de esos robos que hice hace años. Les cuento: yo vivía en Madrid cuando salió la plaza de bibliotecario en Azuaga, que quería conseguir. Un compañero brasileño me dijo que robando un cucharilla de café de un centro comercial me daría suerte en el examen. No soy supersticiosa pero le hice caso (por si acaso) y me fui a El Corte Inglés, a la sección de menaje del hogar. Me acerqué a las cucharillas, y las miraba, y las tocaba, mientras me entraba un sudor frío por todo el cuerpo. Por fin, después de no sé cuanto tiempo, cogí una de ellas (valía 75 pesetas) y la metí en el bolsillo de la chaqueta. Salir de ese Corte Inglés con el corazón latiéndome a toda velocidad fue una de las cosas más díficiles que he hecho nunca. Ahora, esa cuchara la tengo como oro en paño y es la que utilizo para tomar mi café o desayunar, también hoy, recordando siempre cómo lo pasé aquel día en Madrid.