lunes, 11 de febrero de 2008

Comunicar y compartir

Anoche, estando en casa de mis padres, sonó el teléfono. Era Amaya, de Málaga. Qué sorpresa (aunque no es la primera sorpresa que me da esta mujer) porque aún no me explico cómo tenía el teléfono de mis padres. Me llamaba para saludarme y hablar del blog, de cómo se había aficionado a esa nueva forma de comunicarse con los amigos, de los recuerdos que le traían algunos comentarios... En fin, que estaba enganchada leyendo todos los días el blog de Raúl y el mío. Cuando colgué el teléfono pensé: si esto ha servido para que muchos (o pocos, da igual) desconecten de la rutina o de las obligaciones diarias por unos minutos compartiendo cosas agradables, bienvenidos sean los blogs.

sábado, 9 de febrero de 2008

Una habitación con vistas

Puede parecer que por el título de esta entrada hoy hablaré de la novela de Forster. Pues va a ser que no. Voy a hablar de lo que se ve desde la ventana de la habitación donde tengo el ordenador y parte de mis libros en casa. Lo que puedo ver por esa ventana son dos pistas, una de tenis y otra de padel. Casi siempre hay gente jugando y, la verdad, acompaña y distrae mucho. Hoy, por ejemplo, y ya que es sábado, estoy aquí sentada, sin hacer nada, sólo escuchando la radio, rodeada de mis libros, mis papeles y, cómo no, contemplando cómo juegan en las pistas. Qué relax...

viernes, 8 de febrero de 2008

El reloj de cuco

Aunque no sea una verdadera chispa de la mañana (y por ser viernes) sí voy a contar la historia de mi reloj de cuco, sobre todo por lo aliviada que voy a quedar a partir de hoy. Les cuento: desde pequeña siempre me han gustado mucho ese tipo de relojes, me llamaba la atención ver al pajarito asomándose por la ventanita. De hecho, muchas veces me iba a casa de una vecina, que tenía un reloj de estos en la pared del salón, sólo para ver cómo daba las horas. Pues bien, hace cosa de un año un cuñado mío me trajo un reloj de cuco de Suiza (qué cuco). Me hizo muchísima ilusión y lo puse en el salón de mi casa. Igual que cuando era niña, miraba mi nuevo reloj cada vez que daba las horas para ver el famoso pajarito. Pero todo esto tiene un inconveniente y es que hay que tirar de las pesas todos los días para que el reloj no se pare. Así, todas las mañanas, me dedico a este menester, hasta hoy. No se imaginan ustedes qué trabajo supone tener que acordarse todas las mañanas de tirar de las pesitas (sobre todo cuando vas con prisas) porque si te olvidas ya sabes que debes poner el reloj en hora de nuevo y, por supuesto, tirar de las pesas. Era un sinvivir. Por fin hoy he decidido dejar el reloj como un adorno para no tener que estar pendiente de darle cuerda. Qué alivio...

Y aprovecho también esta entrada para agradecer a todos los que leen y escriben comentarios en este blog. Es una maravilla, no sólo por ver que hay amigos que están interesados en saber qué chispa de cada mañana puede hacer que tengas un día feliz sino por las nuevas amistades que se pueden hacer. Gracias.

jueves, 7 de febrero de 2008

La magia de los cuentos

Esta mañana escribo un poco más tarde y es que hasta hace unos minutos no he tenido internet (la tecnología falla a veces, o muchas veces...). Pero, volviendo al mundo terrenal, hoy estoy muy contenta (aunque un poco nerviosa) porque dentro de un rato voy a ir al colegio, a contarles cuentos a los más pequeños. Se trata de una técnica japonesa que se llama kamishibai y que, por experiencia, sé que gusta mucho. Y lo mejor, cuando ves esas caritas ensimismadas, con la boca abierta o regalándote mohines de complicidad es como si el tiempo se parase y, a veces, no sabes muy bien quién está más metido en esas historias mágicas (los cuentos), si tú o los pequeños.

miércoles, 6 de febrero de 2008

Las preguntas del examen

Esta mañana, bien temprano, me ha llamado una amiga para decirme que ayer por la tarde estuvo acordándose de mí. Les cuento el motivo: su hija, que tiene 16 años, se presentó en casa con las preguntas de un examen que hará próximamente y que toda la clase ya tenía en su poder por un despiste del profesor, que las dejó en su mesa mientras se ausentó unos minutos del aula. Esta amiga me recordaba que hace ya muchos años nosotros hicimos lo mismo sólo que en nuestro caso fui yo la que "distribuyó" las preguntas entre todos mis compañeros (no piensen mal, es que era yo la que estaba en primera fila, junto a la mesa del profe). Nos hemos reído con aquella anécdota que ahora se ha repetido en su propia hija y me ha gustado mucho recordarla. ¡Ah!, se me olvidaba decir que los tiempos han cambiado y su hija ya no ha tenido que copiar las preguntas a mano porque hicieron fotos al examen con los teléfonos móviles. Qué maravilla la tecnología...