miércoles, 5 de marzo de 2008
Las obras del acerado
Ya hace casi dos meses que comenzaron las obras para cambiar el acerado de mi calle. No se imaginan lo que es entrar en mi casa dando saltos y salvando todo tipo de obstáculos (tablas para no pisar el hormigón, arquetas y registros de la luz que sobresalen del suelo sin baldosas, bordillos desnivelados...). Vaya, que es como entrar en una especie de cortijo pero en plan cutre. Y no hablemos del espisodio que se debe montar para entrar y sacar el coche de la cochera. Hay que colocar unas cuñas de hierro justo en el lugar por donde pasan las ruedas porque si no aciertas ya sabes que, por muy despacio que vayas, no te libras del golpecito. Muchas noches se ha quedado fuera por no complicarme la vida. Pero hoy, por fin, parece que los albañiles llegarán a mi puerta, pondrán el acerado y todo volverá a ser como antes. Es curioso cómo hasta que no nos faltan cosas que parecen tan simples como las baldosas de la calle no nos damos cuenta de lo imprescindibles que son...
martes, 4 de marzo de 2008
Tropezón
Parece mentira que después de doce años trabajando aquí aún no conozca esta casa. Digo esto porque esta mañana al entrar en la casa de la cultura iba pensando en otras cosas y me he tropezado con el umbral, he cogido velocidad intentando evitar la caída y me he dado un cabezazo contra un cristal que hay justo a la entrada. Qué vergüenza me ha dado. Menos mal que suelo llegar la primera y todavía no hay gente trabajando, pero sí me ha visto una de las señoras de la limpieza que estaba barriendo por allí y me ha mirado, primero con cara de preocupación, para después de dos o tres segundos partirse de risa. Me ha contagiado y no he tenido más remedio que reírme yo también de mí misma. ¿Por qué nos reiremos tanto cuando vemos a alguien que se tropieza o se cae?
lunes, 3 de marzo de 2008
Esto me pasa por quejarme...
Para qué me quejaría yo del coche "nuevo" de mis padres. Anoche, viniendo de viaje con mi coche (mucho más nuevo que el de mis padres y con dirección asistida) se nos pinchó una rueda. Tuvimos que salirnos lo más posible de la carretera porque no encontrábamos ni un solo camino o ensanche y la rueda iba por los suelos. Como nunca había pasado esto pues no llevábamos ni linterna ni guantes ni na de na. Y como tampoco se había utilizado el gato, no les digo lo durísimo que estaba (creo que lo que pasaba es que estaba pegado con la pintura aún de fábrica) y no había forma de que funcionase. Por fin funcionó y mi marido, alumbrado con la luz de la pantalla del teléfono móvil que sujetaba mi tío (vaya linterna), pudo cambiar la dichosa rueda, que pesaba un quintal. Si me llega a pasar a mí sola hubiese llamado al 112 directamente, aunque hubiera hecho el ridículo por no saber dónde esconde el gato este coche, y no digamos colocarlo correctamente y luego quitar esa rueda de "tractor" para poner la de repuesto. Ufff, no me lo imagino. Y es que parece que nunca se nos va a pinchar una rueda. Así que me he propuesto lo siguiente: lo primero será comprar una linterna y unos guantes (que no se imaginan cómo quedan las manos tras esa operación), luego aprenderé dónde está y cómo se utiliza el gatito, cómo se cambia una rueda y, por supuesto, no me quejaré más del coche "nuevo" de mis padres.
domingo, 2 de marzo de 2008
Posavasos de Forges
Hoy he mandado a mi tío (qué morro tengo) a comprar el periódico El País ya que regalan dos posavasos con viñetas de Forges. Irá mi tío a comprarlo porque él se levanta más temprano y logrará comprar uno antes de que se agoten y es que, "gensanta, qué chispa tienen las viñetas de este hombre". Me gutan los dibujos y los textos de Forges porque tratan de forma amena y resumida cualquier tema de actualidad. De hecho, en el último número de Mi Biblioteca hemos publicado un artículo sobre becarios en las bibliotecas ilustrado con viñetas de Forges sobre ese tema, la explotación de profesionales como becarios. Y qué razón tiene. Así que estoy deseando ver esos posavasos que estoy segura de que utilizaré a diario.
viernes, 29 de febrero de 2008
Total, para lo que nos queda...
Mis padres tienen un coche "nuevo" que utilizan para viajar y otro más chatarrilla (mejor decir que es algo parecido al troncomóvil de los Picapiedra) para callejear por el pueblo. Ese coche "nuevo", el de los viajes, es "nuevo" porque tiene relativamente pocos kilómetros, pero ni les cuento los años que tiene. Pues bien, como no quiero que mi padre conduzca, el 90% de los kilómetros que tiene el coche se los he hecho yo y ya me he acostumbrado a esa dirección que, por supuesto, no es asistida. Ahora, en Cáceres, mi hermana (que vive en esta ciudad y se conoce las calles) ha cogido el coche y, sobre todo al aparcar, ha podido comprobar lo dura que es la vida de chófer con el coche "nuevo" de mis padres. Algo cabreada me dice que hay que convencerlos para que se compren un coche con dirección asistida. Yo no he podido evitar la risa porque sé cuál sería la contestación: total, para lo que nos queda... Y es que la mayoría de los mayores contestan más o menos igual. Tengo una amiga que me decía que sus suegros, con setenta y tantos años, no cambiaban los muebles de la cocina, ya viejos, porque total, para lo que les quedaba... Y ahora, con noventa y tantos han tenido que cambiarlos a la fuerza porque se les caían a trozos. En fin, que por ahora (y espero que por mucho tiempo) seguiré haciendo músculos con el volante del coche "nuevo" de mis padres que, señores, es para toda la vida...
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