viernes, 7 de marzo de 2008
Detectives privados
Muchos pueden pensar que el trabajo de un bibliotecario en un pueblo es rutinario y aburrido pues parece que sólo estamos aquí para mandar callar como las ollas express, chis, chis, chis... o dar y recoger libros. Pues no es así. A veces nos encargan que hagamos algún trabajito de rastreo (muy parecido al de los detectives privados) para localizar datos, teléfonos, direcciones, precios de libros... Esto último es lo que me han pedido que haga ahora, buscar cuánto valen algunos libros de tirada muy, muy limitada y que sólo están al alcance de unos pocos bibliófilos. Ya he podido localizar el precio de dos de ellos pero me quedan otros dos, que se me están resistiendo un poco. Pero como a mí me gustan las cosas difíciles no me voy a rendir y encontraré esos precios como y donde sea. ¿Les parece esta una profesión aburrida?
jueves, 6 de marzo de 2008
Silla pintada
Hoy, cuando he llegado a la biblioteca, me he encontrado una silla con la palabra lobo escrita con tipex. Seguro que ha sido un niño o una niña la que lo ha hecho. Pero no crean que es sólo la silla la que está pintada. También está la pared de la sección infantil, que desde hace mucho tiempo se ha convertido en el auténtico diario escrito de la juventud (se pueden leer los amores y desamores de cada uno). Y lo malo es que se debe tener cuidado con reñir a estos niños porque detrás están papá y mamá. Me acuerdo que una vez un grupo de niños quitaron la manilla de una puerta. Yo logré coger a uno de ellos antes de que se escapase y le dije que la manilla tenía que aparecer lo antes posible o lo llevaría a los municipales. Al cabo de media hora llegó su madre con un séquito de vecinas y niños para insultarme (me dijo de todo lo que puedan ustedes imaginar) y a reñirme por el trauma psicológico que le había causado a su hijo con la amenaza de los municipales. Desde entonces no me he metido con ningún niño...
miércoles, 5 de marzo de 2008
Las obras del acerado
Ya hace casi dos meses que comenzaron las obras para cambiar el acerado de mi calle. No se imaginan lo que es entrar en mi casa dando saltos y salvando todo tipo de obstáculos (tablas para no pisar el hormigón, arquetas y registros de la luz que sobresalen del suelo sin baldosas, bordillos desnivelados...). Vaya, que es como entrar en una especie de cortijo pero en plan cutre. Y no hablemos del espisodio que se debe montar para entrar y sacar el coche de la cochera. Hay que colocar unas cuñas de hierro justo en el lugar por donde pasan las ruedas porque si no aciertas ya sabes que, por muy despacio que vayas, no te libras del golpecito. Muchas noches se ha quedado fuera por no complicarme la vida. Pero hoy, por fin, parece que los albañiles llegarán a mi puerta, pondrán el acerado y todo volverá a ser como antes. Es curioso cómo hasta que no nos faltan cosas que parecen tan simples como las baldosas de la calle no nos damos cuenta de lo imprescindibles que son...
martes, 4 de marzo de 2008
Tropezón
Parece mentira que después de doce años trabajando aquí aún no conozca esta casa. Digo esto porque esta mañana al entrar en la casa de la cultura iba pensando en otras cosas y me he tropezado con el umbral, he cogido velocidad intentando evitar la caída y me he dado un cabezazo contra un cristal que hay justo a la entrada. Qué vergüenza me ha dado. Menos mal que suelo llegar la primera y todavía no hay gente trabajando, pero sí me ha visto una de las señoras de la limpieza que estaba barriendo por allí y me ha mirado, primero con cara de preocupación, para después de dos o tres segundos partirse de risa. Me ha contagiado y no he tenido más remedio que reírme yo también de mí misma. ¿Por qué nos reiremos tanto cuando vemos a alguien que se tropieza o se cae?
lunes, 3 de marzo de 2008
Esto me pasa por quejarme...
Para qué me quejaría yo del coche "nuevo" de mis padres. Anoche, viniendo de viaje con mi coche (mucho más nuevo que el de mis padres y con dirección asistida) se nos pinchó una rueda. Tuvimos que salirnos lo más posible de la carretera porque no encontrábamos ni un solo camino o ensanche y la rueda iba por los suelos. Como nunca había pasado esto pues no llevábamos ni linterna ni guantes ni na de na. Y como tampoco se había utilizado el gato, no les digo lo durísimo que estaba (creo que lo que pasaba es que estaba pegado con la pintura aún de fábrica) y no había forma de que funcionase. Por fin funcionó y mi marido, alumbrado con la luz de la pantalla del teléfono móvil que sujetaba mi tío (vaya linterna), pudo cambiar la dichosa rueda, que pesaba un quintal. Si me llega a pasar a mí sola hubiese llamado al 112 directamente, aunque hubiera hecho el ridículo por no saber dónde esconde el gato este coche, y no digamos colocarlo correctamente y luego quitar esa rueda de "tractor" para poner la de repuesto. Ufff, no me lo imagino. Y es que parece que nunca se nos va a pinchar una rueda. Así que me he propuesto lo siguiente: lo primero será comprar una linterna y unos guantes (que no se imaginan cómo quedan las manos tras esa operación), luego aprenderé dónde está y cómo se utiliza el gatito, cómo se cambia una rueda y, por supuesto, no me quejaré más del coche "nuevo" de mis padres.
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